Breve y sentido

Por maxipe.

Tribunales. Sede de uno de los partidos más importantes de la vida de Talleres.

Tribunales. Sede de uno de los partidos más importantes de la vida de Talleres.

Ponerme a escribir sobre el partido que empataron Quilmes y Talleres en la cancha del Cervecero carece de sentido por varias razones. La primera y principal es que la suerte del albiazul no se terminó de definir en el Centenario, sino en Lomas de Zamora, donde Los Andes le ganó 3 a 0 a Rafaela y se salvó del descenso directo condenando a los cordobeses y a Almagro. La segunda es que estar en un cumpleaños, hizo que sólo le pudiera prestar atención a la transmisión radial cuando el relator levantaba la voz y apuraba las palabras, clara señal de que hay peligro de gol.

Sí, es cierto lo que se dice en el párrafo anterior. Dice “condenando a los cordobeses”. Eso pasó, eso está pasando. Talleres jugará la próxima temporada el Torneo Argentino A. Creo que no queda parte de mi cuerpo que no haya pellizcado para comprobar que todo esto sea verdad y no producto de una pesadilla. Algún día nos iba a condenar esa maldita campaña de 26 puntos. Y ese día llegó el sábado pasado. Y la condena es jugar, al menos un año, en un torneo amateur.

Pero eso no es todo. La T descendió y no es lo más preocupante de esta historia. Hoy la situación más comprometida se está jugando a nivel institucional. Con una deuda que no se sabe si es de 20 o de 30 millones de pesos; con un juez que ahora se acuerda que hay que pagarla y amenaza con rematar el predio; con un gerenciador al que ya le dijeron que no sigue pero que insiste y dice tener un plan; con juveniles que se nos van y no vemos un peso, o muy pocos pesos; con una idea de la Liga Cordobesa para que los hinchas seamos los que pongamos el lomo y terminemos salvando una parte de la situación.

Y ahí estaremos los hinchas, para tratar de ayudar en lo que podamos y para alentar desde las tribunas cuando empiece la nueva etapa. Y recién ahí dejaremos de pellizcarnos. Ahí cuando nos toque debutar con Alumni de Villa María o con Estudiantes de Río Cuarto. Ahí nos daremos cuenta de lo bajo que caímos.

¿Será lo que tenía que pasar? ¿Será el fondo que había que tocar para tomar impulso? No lo sabemos. Sólo el tiempo tiene la respuesta. Lo que no debemos hacer es cometer el error que ya cometió Saporiti. No se puede salir a dos días del descenso a poner fecha de regreso y decir que en el 2012 estaremos en la máxima división. El primer paso es asumir la realidad que nos toca. El segundo es sanearse institucional y deportivamente. Y el tercero es la humildad. Simplemente arremangarse y laburar por los colores. Sin promesas ni venta indiscriminada de humo.

Así es el post de esta semana. Breve y sentido. Muy sentido. Y con la preocupación de lo que vendrá.

Foto: Flickr

Sobre el 13 de junio

Por gringo.

El sábado 13 de junio tres equipos de Córdoba Capital, tres voluntades, tres colores jugaron su partido. En Quilmes, Talleres puso las piernas en el césped y la oreja en otros dos encuentros que determinarían su suerte. Lamentablemente, en Alberdi y Alta Córdoba sucedió lo mismo. ¿Puedo hablar algo del partido de Belgrano?

El sábado 13 de junio Belgrano tenía que ganarle a un tibio Defensa y Justicia para asegurarse un lugar en la promoción; para estirar el campeonato, por lo menos, dos partidos más; para jugar por algo; para sentir que estas 37 fechas sirvieron para algo; para intentar escabullirnos en la Primera.

El sábado 13 de junio Belgrano empató cero a cero con un equipo chico, muy pequeño. Se puede decir que no jugamos a casi nada. Que tuvimos varias oportunidades para meter un gol. Que el arquero de ellos atajó bien. Que el árbitro fue un desastre pero que si erramos los goles a un metro de la línea, él no tiene nada que ver. Que las redes no se movieron. Que tendremos que confiar en el equipo jugando de visitante ante All Boys para ver si jugamos esa pseudofinal por el ascenso o si todo el “proceso” fue un fracaso.

El sábado 13 de junio la gente festejó. Nuestro partido no daba para nada, pero el de Los Andes sí, y el de Almagro también aunque ellos también perdieran la categoría. Yo también me agaché para escuchar el penal del nueve de Los Andes. Yo también lo grité, yo también festejé y canté. Es que en la cancha pasa eso. Tenés a veinte mil tipos al lado tuyo, con tu misma camiseta, que aplauden y se abrazan por algo y te sentís abrazado y querés cantar con ellos. Pero cuando el partido (el nuestro) terminó, mi garganta no tenía demasiada fuerza para celebrar. Nosotros, nosotros, no jugamos a nada y empatamos cero a cero. Ellos, los otros, se fueron al descenso.

El sábado 13 de junio los periodistas de todos los medios de Córdoba escribieron y dijeron muchísimas cosas. Repitieron hasta el hartazgo el título de un libro que probablemente nunca leyeron, “Crónica de una muerte anunciada”. Hablaron de responsabilidades, de culpables, de la(s) gloria(s) pasada(s), de jugadores buenos malos regulares malísimos. Hablaron de que el equipo no estuvo a la altura de las circunstancias, de los técnicos incapaces, de un juez, de un cordobésmejicano, de los anteriores gerenciadores, de los anteriores presidentes y de los hinchas. Se quisieron poner de su lado, manifestar que estaban con ellos, que los entienden, que son los únicos inocentes y víctimas de todo esto. Mentirosos. Nunca van a estar de ese lado, por la simple razón de que están en el otro. Ahora se ponen la ropa de ‘periodistas’, de profesionales comprometidos. Ahora señalan culpables. Ahora muestran sus rostros compungidos. Ahora, recién ahora. Nadie les cree, sépanlo. Porque ustedes saben y supieron siempre todo. Y ahora hablan. Cagones.

El sábado 13 de junio mi Belgrano no me regaló nada. Talleres tampoco.

El sábado 13 de junio, en el día de mi cumpleaños, no hay tanto para festejar. Estoy más viejo y un poco más triste por todo(s).

Las lágrimas, el nudo en la garganta y el aliento

Por maxipe.

Así lo sufrió Brasca. Así lo sufren los hinchas de la T.

Así lo sufrió Brasca. Así lo sufren los hinchas de la T.

 

¿Cómo escribir sobre lo que pasó el domingo en el Estadio Francisco “Paco” Cabacés cuando jugaron Talleres y Atlético de Tucumán? ¿Qué pasó realmente ese día? ¿Hace falta hablar del codazo de Salmerón? ¿Tiene sentido relatar que hasta esa agresión bien sancionada con tarjeta roja, el local los pasaba por arriba a los tucumanos y hasta les ganaba 1 a 0? ¿Suma en algo acotar que los visitantes lo dieron vuelta, golearon 4 a 1 y consiguieron el primer ascenso directo? ¿Habría que analizar las ínfimas chances que le quedan a la T para salvarse del descenso? ¿A alguien sorprendería el texto si alude a la inoperancia de la Policía de Córdoba que suspendió un partido por temor a que pase algo?

Pueden tenerse dos ópticas bien distintas del partido y las dos serán válidas. Si uno lo vio desde el palco de prensa (o desde el pedacito de platea que les dan a los periodistas en la Boutique), sentado, con una libretita para anotar situaciones, con la radio en el oído y con la planilla de jugadores en la mano, habrá visto el partido que responde a las preguntas del primer párrafo. Y puede contar que lo ganaba Talleres con gol de Fernández Francou y que bla, bla, bla…

Pero si uno más que ir a verlo, decidió ir a sufrirlo al partido desde la tribuna, ya sea la popular o la platea, se habrá llevado sensaciones totalmente distintas. Y es el partido que se jugó ahí, afuera de la línea de cal, del otro lado del alambrado. Y es el partido en el que no importaba el resultado, ni el ascenso, ni el descenso. Sólo importaba el amor incondicional a los colores.

Y en ese partido sí que los de barrio Jardín no perdieron el domingo. Sufrieron algunos goles en contra, eso sí. Como ese hincha idiota que tiró un hielaso, o uno que tiró una botella, o uno que se trepó al alambrado para meterse a la cancha, o ese otro que lo rompió con el mismo objetivo. Sí, a pesar de esos que nunca faltan, el público de Talleres ganó por goleada.

Entonces, desde esa mirada, en vez de hablar de los goles hablaríamos de los miles de hinchas que se acercaron a la cancha, la llenaron y recibieron al equipo como si pasara por su mejor momento. Y de los ojos llenos de lágrimas. Y del aliento. Porque así terminó la hinchada. Llorando el momento del club, pero alentando a morir. Alentando más que nunca, porque como dice la canción, “en las malas mucho más”. Y a todos se nos hacía un nudo en la garganta. Y los ojos llenos de lágrimas. Y el aliento.

Había que ver cómo ante cada gol de los tucumanos, el aliento era cada vez más ensordecedor. Y el nudo cada vez más grande. Y las lágrimas también. Había que estar ahí para sentirlo, contagiarse y demostrar ese amor por la camiseta. Había que ver también a los chicos del club, como Buffarini, Brasca y Godoy. Ellos lo sentían del lado de adentro pero como si estuvieran en la tribuna.

Eso pasó el domingo. Un partido de fútbol. Un equipo que lo ganaba. Un codazo. Un equipo que lo da vuelta, lo golea y se consagra. Otro equipo que se sigue hundiendo en el descenso directo. Y un público que demostró que sigue de pie. Y los ojos llenos de lágrimas. Y el nudo en la garganta. Y el aliento.

Foto: La Mañana de Córdoba.

¿Ya te olvidaste de tu ex?

Por elalechavez.

Es como convivir años y años con una persona sin terminar de conocerla. Compartir miles de momentos con ella y no descubrir cómo piensa, qué le molesta, qué cosas le gustan, qué cosas le fastidian o le incomodan. Volver a la casa de esa ex novia que no termina de cerrar sus heridas. Que no se banca que la hayas dejado o cambiado por otra y que está dispuesta a pasarte la factura. A recordarte tus errores de adolescente. A castigarte con tu pasado, esperando que sólo agaches la cabeza.

Eso fue el Instituto de Jorge Ghiso para Atlético de Rafaela. Un agachador de cabezas serial ante la furia de la Crema. Porque Vitrola supo ser el entrenador del equipo santafesino. Porque allí dirigió a Damián Toledo, a Alejandro Faurlin y a Ezequiel Lázaro. Tres jugadores que se llevó a la Gloria, que el domingo fueron titulares y que conocen hasta el más mínimo detalle de la cancha de Atlético. Que aún recuerdan sus pozos o “el arco más grande”. En fin, que no son ajenos a los secretos de su antiguo hogar.

Porque Ghiso se fue mal de Atlético. Porque a Lázaro lo insultaron en todos los idiomas. Porque Faurlin no pudo hacer su juego en ese terreno en el que supo brillar. Porque Toledo no le agarró la mano nunca a la marca. Y, principalmente, porque Instituto no incomodó nunca a su rival. No presentó oposiciones ante ese Rafaela que muchos decían conocer. Por eso, cuando el partido finalizó, a nadie le sorprendió el marcador. La Crema ganó 2-0 un partido clave. Se quedó merecidamente con una verdadera final por la Promoción. Una final que, según la autocrítica de los propios jugadores vestidos de rojo y blanco, no fue encarada como tal por Instituto.

Y, entonces, el circo previo a este choque genera más bronca aún. Esos entrenamientos en los que Vitrola achicaba las dimensiones del Monumental de Alta Córdoba (para asemejarlas a las de Rafaela) generan  el interrogante “¿de qué sirvió?” en las palpitaciones del hincha. Porque la Crema le complicó el partido a Instituto con un recurso mucho más simple: el pelotazo al grandote Visconti. Ese grandote necesario en canchas pequeñas. Ese que te baja con el pecho un despeje de sus propios defensores y lo transforma en situación de gol. Ese que no tuvo la Gloria, que apostó a dos puntas livianitos como Romero y Nadaya. Dos pibes que fueron devorados por el fondo santafesino.

Vitrola no fue el único culpable de la derrota, está claro. El equipo viene jugando feo desde hace rato. Pero el error del DT fue desconocer las virtudes y defectos de su ex equipo. Dejarse prepotear por una hinchada que no le perdona sus campañas de ascensos frustrados. De idas y venidas, de excusas permanentes. Ojalá que Ghiso recupere algo de su autoestima para la recta final del torneo, porque, este domingo, su ex afloró en él la peor cara de su pasado.

Tristeza de domingo

Por Gringo.

“tristeza dulce de estadios ya vacíos, de platos en la bacha, tristeza de domingo. Tristeza amarga de mates que se lavan, de minas que no llaman, de tierra en los bolsillos.” (La Guardia Hereje)

La primera imagen de esta crónica es la de un viejo y un pendejo, tomando un vino y caminando para la cancha. Van embanderados con colores azules y blancos, corriendo atrás de un milagro con todas las ganas pero cada vez con menos aire y piernas.

Para hablar del partido de Belgrano no me queda otra que hablar de Talleres. Es que Radio Sucesos transmitió ambos partidos pero toda la atención estaba centrada en lo que sucedía en Barrio Jardín y el “Bocha” Houriet es un maestro en eso de ponerle pimienta a cada llegada, foul o saque lateral. Además vivo a pocas cuadras de la Boutique y sentí las bombas de estruendo cuando Fernández Francou metió el gol y también las cuatro veces que los tucumanos inflaron la red.

Escuché el partido por la radio, tomando mate y ordenando algunos desórdenes de la semana. ¿Qué se puede escribir sobre un partido que no vi? Mucho, muchísimo. Sentarse a vibrar con el parlante es una de las emociones más grandes que hay, paraliza corazones y los hace explotar de la misma manera. Puede pasar eso y más. Pero para dibujar ese mundo de fantasía, ese partido único e irrepetible el relator necesita que suceda algo en la cancha, un poquito aunque sea. El problema es que jugó Belgrano y eso fue casi como darle un lápiz sin punta y pedirle a alguien que pinte cuadro.

“Alejandro Toia, de regular arbitraje, se apiada de todos: pita y termina el partido. Cero a cero. Desastroso partido que hizo doler los ojos a todos”. No sé si esas fueron las exactas palabras del relator, pero la idea está clara. Creo que ellos tuvieron algunas llegadas. Creo que nosotros pateamos alguna vez al arco. Creo que desperdiciamos media docena de pelotas paradas. Creo que no pasó nada. Seguramente no pasó nada.

Este equipo alimenta todo mi pesimismo. Belgrano jugando de visitante es una película que no sorprende a nadie. Generalmente no hace absolutamente nada para ganar el partido. Casi siempre pierde, a veces empata y cuando se equivoca gana. Lo que más duele es la falta de ambición y las repetidas veces que los jugadores deciden no ponerse los pantalones (y los huevos) para jugar un partido clave. Sacamos un puntito, nada más que eso. Los resultados en las otras canchas ayudaron y ahora sólo queda esperar conseguir los tres puntos en Alberdi contra Defensa y Justicia y después ver qué pasa en la última fecha contra All Boys. Hay veces que conviene no esperar nada de Belgrano.

Ahí andamos, terceros en un campeonato interminable en el que ya se nos fue un equipo para arriba: Atlético de Tucumán, que al mismo tiempo empujó a otro para abajo: Talleres.

El punto y aparte me sirve para cerrar una crónica triste y chata. También me sirve para no hablar sobre Talleres y la confusión que genera en todos su posible descenso. Es que el fútbol también tiene eso y encima hay veces que la tristeza de domingo nos aplasta, el agua del mate se enfría, se va el sol y me quedo con la sensación de no tener nada, sólo vacío.

Revisando lo escrito me doy cuenta que la palabra que más repetí es “nada”. Así me siento.

La prisión de las presiones

Por elalechavez.
Liberarse de las presiones, el objetivo de la Glo
Liberarse de las presiones, el objetivo de la Glo

En Alta Córdoba los interrogantes giraban. Daban vueltas como una calesita. Mareaban las sensaciones de los hinchas de Instituto ¿Para qué está la Gloria en el torneo? ¿Está para pelear el ascenso realmente? Se preguntaban y repreguntaban los fanáticos albirrojos en la previa al partido con Almagro. Es que ni siquiera la visita de un rival tan modesto como el Tricolor apaciguaba los ánimos de la gente. Almagro venía golpeado, es cierto. Sus jugadores, se sabe, pelean no sólo contra el descenso directo, sino también con una dirigencia que no les paga un peso desde hace tiempo.

Pero al hincha de Instituto eso no le preocupaba. Su mirada se direccionaba hacia otros horizontes: el nivel del equipo de Ghiso en los últimos partidos y esa especie de insatisfacción interna que genera pelear el torneo con un equipo de pibes. Hay una prueba irrefutable. El póster que sacó La Voz después del triunfo sobre Talleres habla por sí mismo. Salvo Tombolini, Frontini y Moreyra, el resto de los jugadores vestidos de rojo y blanco aún conserva ese rostro adolescente. Caras de nenes impertinentes y audaces en algunas situaciones, pero, al mismo tiempo, demasiado jóvenes para cargar con tantas presiones.

El partido comienza en el Monumental y las tribunas parecen impacientes. Los minutos corren y la Gloria no parece ser ese local devora-rivales. Lo ataca, pero sin fuerza, casi con timidez. Avanza, pero sin convicciones. Y las pulsaciones de la gente se aceleran. Hace rato que Instituto se salvó del descenso y el hincha mira la tabla de arriba. Ojea esos números que le dicen que ya ganó Belgrano, que Chaca y Atlético se le están escapando y que Aldosivi le puede arrebatar el puesto de la Promo. Y los pibes, dentro de la cancha, manejan esa ansiedad externa como pueden, se sienten encerrados en una especie de prisión de presiones.

Nadaya la pide. Se equivoca y lo putean. Gagliardi desborda, pero se pasa de revoluciones y tira el centro a cualquier parte. La gente se le agarra con Vitrola. Ponelo a Concistre le gritan. Ghiso hace caso. Lo llama al Pelado, lo saca a Romero, pero se equivoca con el cambio. Y esta vez la liga el DT. De nada sirven los 59 puntos que sus planteos cosecharon, ni sus clásicos ganados, ni su estilo jogo bonito. Nadie se acuerda de eso cuando dejás de ganar.

El partido termina empatado en cero y los interrogantes se develan. A Instituto se le hace cada vez más pesado pelear el ascenso. Almagro, ese mismo club que mandó a la B Nacional a la Gloria en el 2000 y que fue un rival durísimo y dignísimo en la final por el ascenso en el 2004, le deba un cachetazo certero a la ilusión albirroja. Uno que puede servir para poner los pies sobre la tierra, para liberar a este plantel de adolescentes de esa prisión de presiones y devolverles la alegría de jugar. Siendo así, jugando como en la plaza, quizá los pibes de Instituto sean protagonistas en lo que resta del campeonato.

Otro más

Por Maxipe.

Mientras las matemáticas nos den chances, yo voy a tener fe.

– ¡Qué mierda pueden hacer las matemáticas, si ya no le ganamos ni a los que les conviene perder contra nosotros!

Hace rato que los hinchas de la T veníamos siendo calculadoradependientes. Cada día despertábamos y antes de prender el velador prendíamos la calculadora y chequeábamos posibilidades. Prendíamos el velador, nos vestíamos y de nuevo los cálculos y “si Los Andes saca 7 puntos”, “y si nosotros le ganamos a la CAI”. Íbamos a la parada del bondi y de nuevo la calculadora. Y las posibilidades. Ya en el laburo, mientras el jefe nos cagaba a pedos porque nos notaba distraídos, nosotros estábamos en nuestro mundo pensando “encima la próxima fecha Almagro juega con Los Andes, ¿qué resultado nos conviene?”.

Así estaban las calculadoras antes del partido contra la CAI

Así estaban las calculadoras antes del partido contra la CAI

Bueno, después del partido que Talleres empató 0 a 0 contra la Comisión de Actividades Infantiles en Comodoro Rivadavia, se empiezan a esfumar todo tipo de especulaciones. Es probable que algunos sigan confiando en esa gota de aire que dan los números. Pero una gran parte terminó de reventar contra la pared la esperanza y esa calculadora de la que no nos podíamos despegar.

El mismo destino que la calculadora habrá tenido la radio. Esa que no sólo nos transmitía apenas en los ratos en que otro partido no estaba tan interesante, sino que nos decía “final en Lomas de Zamora, Los Andes le ganó 2 a 1 a San Martín de San Juan”. Para colmo en ese partido que dejaba en un segundo plano el nuestro, Instituto no nos ayudaba y empataba con Almagro.

“Terminó el partido en Comodoro Rivadavia, un Talleres sin ideas igualó en cero…” se escuchaba y no queríamos saber más nada. Chau calculadora, chau radio, chau matemáticas. Para poder confiar en los números, se necesita un equipo que transmita. Que transmita ganas, compromiso, vergüenza deportiva, orgullo. ¿Tan poco habrán transmitido los albiazules en el sur, que casi ni los transmitieron en la radio?

Otro empate que resta más de lo que suma. Otra fecha en la que no se nos da ni un resultado a favor. Otro paso más hacia lo que nadie quiere nombrar pero que cada vez más, es una realidad. Otro hincha más que dialoga consigo mismo y no se decide, o creer en los milagros o resignarse.

El partido, 22 escalones arriba

Por Gringo.
¿Cuántos hinchas se sintieron presentes en ese festejo de los jugadores?

¿Cuántos hinchas se sintieron presentes en ese festejo de los jugadores?

Hace unos años, me recuerdo sentado en una tribuna semivacía cortando papeles, esperando que el tiempo fluya y que el partido comience. Mi amigo Germán me acompañaba aquella noche y entre charla y charla me sintetizó mucho de lo que yo sentía: “el fútbol se analiza desde el costado de la cancha y se siente desde atrás del arco”. Algo de eso sentirán los que se paran, partido a partido, en las populares del país.

La crónica dura dirá que Belgrano jugó mal, otra vez. Que volvió a ganar con mucha “fortuna”, otra vez. Que el equipo no estuvo a la altura de las circunstancias, otra vez. Que jugando así va a ser muy difícil que pueda pelear por el ascenso, otra vez más.

No hay mentiras en ninguna de esas afirmaciones. El hincha no necesita leer el diario, escucharlo a Brizuela o mirar Deportes en Marcha para darse cuenta que este Belgrano no es el mejor. Las preguntas que quedan flotando son, entonces: ¿por qué está tercero? ¿Cómo hizo para ganar tantos partidos? ¿Por qué tenemos 60 puntos y 17 equipos por debajo? ¿Cómo hicimos para ganarle a Rafaela?

El jueves por la noche pasaron cosas dignas de otras épocas: después de mucho tiempo Belgrano dio vuelta un partido y jugando de local, de cara a la gente. Con un poco de memoria uno puede identificar una triste coherencia de juego de los últimos procesos, sin importar el nombre del técnico sentado en el banco. Planteos amarretes, defensivos, irrespetuosos de una historia que pide otra cosa. Hace años que los equipos juegan poco y nada, que los jugadores arrastran las piernas por el piso, que la pelota vuela por los aires y nadie se anima a pararla, levantar la cabeza y jugar. Jugar. El verbo parece pertenecer a otra época. Por eso, en medio de toda esta continuidad de mediocridad, el hecho de que Belgrano haya dado vuelta un partido, hizo estallar el corazón de todos los hinchas.

Después de las patéticas derrotas contra Platense y Almagro, había que ganarle a Atlético Rafaela sí o sí; por esa cosa de los trenes perdidos, los barcos que zarpan, las oportunidades perdidas y la historia que no queríamos repetir de quedarnos siempre a mitad de camino.

Íbamos perdiendo con todo éxito, nos tocaban la pelota en nuestra propia cancha, no generábamos nada en el arco contrario y los visitantes amenazaban con golearnos en cada contra. Pero algo raro pasó. Pateamos un corner, cabeceó Novaretti (a mi entender el mejor jugador de Belgrano, el más regular y con más corazón), la empujó Berza para el empate y gracias a dios que dos cabezazos en el área es gol. El punto, ante la inminente derrota, servía para calmar un poco las tristezas. La gente jugó su partido y aunque la frase suene trillada y sacada de algún cassette, todos los que fueron al estadio “Julio César Villagra” (más conocido como Gigante de Alberdi) sintieron que sus gargantas ayudaron a torcer el resultado.

Porque cuando el partido se moría, Soriano peleó una pelota dividida, la tocó para adelante y sorprendentemente le quedó al pibe Vázquez, con cancha para correr y toda la defensa de Rafaela mal parada. Avanzó y definió a la derecha del arquero. Gol. Gol. Gol. Gol. Gol. Y gol. Fueron casi sesenta segundos de un grito de gol, gol y gol. Fue un desahogo. Fue fiesta. Fue verdad. Fue respetar el canto del hincha: “sé que con esta hinchada no nos queda otra que salir campeón. Y que los jugadores jueguen en la cancha como aliento yo, con el corazón”. Fueron tres puntos. Fue sentir que éramos lo que siempre fuimos, aunque fuera por un ratito nomás.

Foto: DiaaDia.com.ar