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Lo lindo de ganar en casa

Para hablar siempre de lo mismo mejor callar. Mejor llamarse al silencio hasta que algo sacuda lo conocido. Y que Belgrano gane y que encima haya jugado bien no es cosa de todos los días; entonces me autoconvoco a las palabras y vuelvo a las crónicas de días celestes y soleados.

Este es el partido que yo vi/viví. De esta manera abro la(s) puerta(s) de todas las opiniones, de todos los ojos que estuvieron en el estadio, de todas las patas que saltaron, las gargantas que se agitaron, y que venga el viento y que lleve y traiga lo que quiera, lo que le plazca. Alguno manoteará algo, como hojas de otoño y las guardará como verdad.

El primer mensajito de texto sonó temprano, a eso de las once de la mañana: “Donde comemo el asado?” El Gringo Fede estaba seguro que al levantarse tendría, por lo menos, cuatro llamadas perdidas y nueves mensajes violentos, con severos insultos, con interrogantes similares a los que él planteó a las once de la mañana, cuando se levantó y vio su casilla vacía. Le respondí que mi casa estaba siempre dispuesta, pero que esta vez yo no iba a mover un dedo para comprar la carne, carbón, pan, verdura, Fernet, coca, etc. Al final, como buenos compañeros, dividimos tareas y todos contentos.

Hubo asado, hubo Fernet, hubo cantos previos y hubo un nuevo hincha. Sí, porque convencimos a un santafecino amigo para que se calzara la celeste y nos acompañara (por primera vez en su vida) a una cancha de fútbol. Creemos que fue una de las cábalas y le prometimos que le pagaríamos una parte del pasaje para el último partido de local contra los putos de Quilmes.

Entramos rápido porque había poca gente. Los que también entraron rápido en el partido fueron los de Merlo, porque nos clavaron un gol apenas empezado el juego. Un lateral de mierda, la defensa que duerme, el delantero que pone el botín con los ojos cerrados y gol. Un puñado de jugadores abrazándose y de vuelta esa sensación de mierda de ser humillados en nuestra propia casa. Hago un breve paréntesis: la imagen de los jugadores visitantes festejando es de lo más triste en el fútbol de estos días, en el fútbol de las categorías de abajo (no tan abajo, como el Argentino A). Si uno está distraído, borracho, cantando, charlando, comprando una gaseosa, meando en el baño, mandando un mensaje de texto o chamuyando a alguna mina, puede suceder que jamás se entere de que el rival marcó un gol. La red visitante se infla y no hay sonido que te haga dar cuenta del gol, o sí, el no-sonido, el silencio frío y duro, el peor de los silencios: el nuestro.

Así, sin merecerlo, Merlo se puso uno a cero. Digo sin merecerlo porque a mi parecer Belgrano no estaba jugando tan mal e incluso no dejó de hacerlo después del gol en contra. Y el premio llegó a los 23 minutos: después de una serie de amagues que dejaron a dos defensores en ridículo, desbordó el “Picante” Pereyra, metió el centro atrás y Mariano Aldecoa la tocó solo frente al arquero para marcar el empate. Ambos jugadores, de a poco, y con buen juego, me van callando la boca con los apodos: Pereyra parece ser ese “Picante” de Unión de Santa Fe y Aldecoa deja de ser “Flancito” para ser sólo Aldecoa.

Belgrano jugó, tocó, salió desde abajo siempre que pudo y casi nunca lo atacaron con seriedad durante todo el partido. En el segundo tiempo, cuando todo empezaba a terminarse, y después de una linda jugada, Vázquez metió un buen cabezazo para dar vuelta un partido complicado. Fue un 2 a 1 con alta sensación de justicia.

Después vino lo de siempre, los quince minutos “de Belgrano” (iba poner “a lo Belgrano” pero sería una falta de respeto usar esa bella frase que le da nombre a un muy buen blog que salió a luz hace poco y que recomiendo su visita). Nos metimos atrás, muy atrás, demasiado atrás. La mejor chance del Deportivo Merlo para llegar al empate vino luego de, algo así, como doce errores seguido de la defensa de Belgrano. Al final Turús la terminó sacando en la línea. Los últimos minutos (los del “tiempo recuperado”) se desarrollaron en el campo visitante, con el equipo local dominando la pelota (fueron tres minutos, no más).

Belgrano ganó y no jugó mal. Todavía no me animo a armar la frase de la manera más linda: Belgrano ganó y jugó bien. Habría que repetir partidos como este, con resultados similares, para ilusionar, de una vez por todas, a toda esa gente que está siempre: en las buenas y en las malas.

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El concepto Platense-Ferro

Aldecoa festejando su gol

Por fin, después de … ¿mucho? Sí, mucho, vuelvo aquí, a las palabras. Harto de escribir crónicas derrotadas y asumiendo un poco de espíritu exitista, me siento en esta silla a contar de la manera que se me cante lo que pasó y no pasó ayer en Alberdi.
“¿Qué carajo tiene que ver ese título?”, preguntará alguno. Paciencia, hacia allá voy. Jugando un poco con la literatura y razonando los sentimientos futboleros (o sea alejándome del sentido más o menos acabado que se tiene acerca del fulbo) voy a tratar de explicar las cuatro palabras titulantes de esta crónica.
Cuando uno habla de partidos malos, de encuentros que a priori no generan la más mínima expectativa de buen fútbol, de equipos tan intrascendentes, tan malos, tan asociados con el gris, con la nada, con el fu ni fa, con las tribunas semidesiertas, con transmisiones televisivas que se asemejan en emoción a un partido discreto de golf, uno está en presencia de un concepto llamado: Platense-Ferro (o Ferro-Plantese, como el lector guste). Quizás porque recuerdo mucho aquellos “partidos de los lunes” que solía transmitir TyC, en los que se enfrentaban los equipos de mierda del torneo de primera división: o sea una oportunidad para verlo a mi Belgrano en aquellos años en que jugábamos en la máxima categoría.
Uno prendía la tele e iba directamente al “canal número uno en deportes” y podía disfrutar o vomitar un vibrante Mandiyú-Deportivo Español o un seguramente inolvidable Argentinos Juniors-Banfield. Los partidos se jugaban de noche (generalmente a las 21hs) y casi siempre la cancha estaba embarrada; no me pregunten porqué, pero así colecciono mis recuerdos.
¿Adónde quiere ir el cronista? Es simple: quiero jugar un rato con las palabras, con los recuerdos, con el presente y con el fútbol. Quiero demostrar que las cosas se pueden decir y sentir de otra manera. Quiero desbordarle y cagarlo a goles al patético periodismo deportivo, que se limita a copiarse a sí mismo y a cambiar las fechas, los goleadores y algunos nombres, manejando siempre el mismo vacío esquema de análisis.
Belgrano viene mal. Sería un completo idiota si conjugo el verbo en pasado (el verbo “ir”). La victoria de ayer ante Platense no invita a pensar en una mágica y, porqué no, milagrosa remontada. Ganamos, y punto. Y a esta última frase la podemos atar con el concepto Platense-Ferro. La victoria de ayer no podía ser de otra manera, no. Jugamos contra Platense. El partido fue terrible: por momentos aburrido, por momentos malo o muy malo. La gente no alentaba, no puteaba, no nada. Eso: la nada. Los goles de Belgrano los metieron los peores jugadores del equipo: Mariano “flancito” Aldecoa (un golazo encima) y Luciano “juego con los botines cambiados” Lollo. Después nos expulsaron a uno y al ratito nos metieron el descuento de pelota parada (no podía ser de otra manera). Platense tiró 35 pelotazos en el área y sus delanteros ganaron por lo menos 32 de ellos, solamente que ninguno se llama Palermo, Henry o Drogba, con lo cual no tuvieron remates directos al arco.
Primer milagro: el viernes por la noche cayeron un par de gotas, pero eso no alcanza para aliviar la sed de la tierra. Segundo milagro: Belgrano ganó de local… ¿hace falta completar la metáfora?.

Patadas, penales y polémicas

Las niñas peleandosé.

Con mensajes de texto empezamos el clásico y con mensajes de texto lo terminamos.

El jueves a la tarde fueron y vinieron algunas líneas, algunas palabras abreviadas y sin acentos entre celular y celular. Algunos: “Adonde nos juntamos? Por el sist. d rotacion nos toca en lo d cardo, por cabala en lo del fede, por pito grande en la mia!”. “Nos juntemos temprano, va a haber mucha gente”. “Yo llevo un ferne”. “Como era para llegar a tu casa?”. Seguramente faltó un “puto” en cada uno de los mensajes que aquí transcribo desde mi memoria.

Comimos un asado peronista, conciliador de cortes y clases: aguja parrillera y molleja. Mucho pan y nada de ensaladas. Un asado de guasos, según dicen (decimos). Con el estómago lleno de todo partimos para Alberdi. Llegamos, como nunca, excesivamente temprano. Fuimos en busca de un porrón. Terminamos en Villa Páez, en un lugar histórico, un de esos bares del tiempo donde las paredes están adornadas de fotos de Rodrigo, cuadros de Belgrano, autógrafos de jugadores, y otras tantas historias más. Alguien me susurra por ahí que Rodrigo se pasaba varios días de la semana tomando cerveza con los comunes, como él, como todo el resto, como nosotros tres.

Entramos cantando, saltando con la murga, esquivando banderas, trompetas y bombos que salían de todos lados. Había color celeste en los cuatro costados. Todo muy bonito. Pero lo peor vino después: tipo 16.10 el árbitro pitó y empezó el partido.

No recuerdo muy bien cómo fue el desarrollo del juego. Me atrevo a decir que fue un partido horrible. Que lo mejor que pasó en los casi 100 minutos de juego fueron unos simulacros de trompadas, unos agarrones de nenas entre los jugadores, un par de llantos, puteadas, alguna que otra patadita y el gol de Belgrano obvio, porque el de Instituto fue un dolor de huevos.

La otra emoción negativa fue el penal errado por Pautasso. Recién aclaré que no recordaba muy bien cómo había sido el partido, pero sí recuerdo que mencioné varias veces la frase “Pautasso está haciendo todo mal”. El tipo se cansó de echar moco y lo coronó con un penal pateado para la mierda. Le puso un moño a su mediocridad. Encima al otro día abro el diario y leo las estadísticas: “hacía 48 partidos que a Belgrano no le cobraban un penal a favor”. Nos convienen los tiros libres y los corners…

Con la cabeza gacha, cantando por amor pero con desgano, fuimos saliendo del estadio. Al llegar al auto y sacar mis cosas veo un mensaje de texto: “Nos hecharon (el error de ortografía ya me hacía predecir la autoría del mensaje. Se escribe: echaron, de echar, expulsar, etc. Burro) hasta el aguatero y no pudieron ganar. MANGA DE PERROS”. El mensaje pertenece a mi primo, hincha o simpatizante de Instituto, dependiendo de la campaña. En ese momento me río, les comento a los chicos el mensaje mostrando mi sorpresa. Pienso en responderle, pero al final levanto los hombros y guardo el celular. A veces a los hijos es mejor dejar hablando solos.

Arranca por el aire

En nombre de eldiarodellunes quiero/queremos agradecerles a todos los que nos brindaron/bridan su apoyo día a día. La gente pide a gritos que volvamos a publicar, que no nos durmamo’, que “manga de vagos pongan el culo en la silla y peguenlé a ese teclado”, que “si no empiezan a postear algo iá se va todo al carajo”. Entonces, ante tanta demostración de cariño hemos decidido seguir con nuestra idea, no claudicar en nuestras emociones, comprar una radio con mucho alcance para agarrar los partidos de talleres en todo el territorio de la extensa y hermosa república Argentina y hacer todo lo posible por patear fuera de la cancha a todas las injustas tristezas.

Eso y todo lo que se les cante.

Ahora se vienen los mejores meses de mi vida. Se viene el telefonazo a cualquiera para decirle: “¿nos comemos un asado y vemos Banfield contra Argentinos Juniors?” o “eh, culiado, ayer jugaron Tigre con Lanús y no viniste, sos un puto”. Todo eso, todos esos partidos de mierda que no podíamos ver hoy se transforman en una hermosa realidad televizada por Canal 10. Ahí tené!

Amigos (y amigas ¿por qué no?): vuelve El Diario del Lunes. Y está bien que así sea. Abrazos y hasta la próxima crónica.

Cayó la ficha nomás

Por elalechavez.

Fichitas

Es ir a la cancha sin esperar tanto como antes. Ver como los jugadores se equivocan sin rezongar demasiado por ello. Observar los gestos de un Jorge Ghiso hiperactivo sobre la línea de cal pero hiperdormido para meter un cambio y, así todo, no putearlo. Es cuando al hincha, finalmente, le cae la ficha. Un estado rarísimo en el fútbol argentino en el que la procesión va por dentro. En el que la bronca no se exterioriza como en aquellas tardes en las que se esperaba ver algo distinto, simplemente por eso. Por no exigirle cosas de más a un equipo que se ha visto superado por la situación (a saber: pelear el ascenso).

Porque eso fue lo que le pasó al hincha albirrojo en la derrota 1-2 del sábado ante Tiro Federal. Se dio cuenta que este Instituto no toca como el Arsenal inglés como muchos le vendieron. Que este equipo no juega el mejor fútbol de la categoría como algunos jugadores defendieron inflando el pecho (y el ego) en la primera rueda. Hoy, con el mayor de los respetos, la Gloria ni siquiera puede compararse con Arsenal de Sarandí. Los dirigidos por Ghiso vienen jugando feo desde hace tiempo. Vienen bajando peligrosamente la escalera de su rendimiento con serio riesgo de darse un golpazo, de caerse y no jugar la Promoción.

Entonces los 90 minutos del partido se viven de otra manera. Tan aburrido es lo que se transmite desde el verde césped que, en las tribunas, se habla de cualquier cosa menos de Instituto-Tiro. “Viste lo que pagó el Real Madrid por Cristiano Ronaldo”, le dice un gringo a un canoso de lentes en la platea. “Si, una locura. Ese tipo es un boludo. Hace poco se hizo bosta en una Ferrari”, le contesta el viejo. Ahí nomás se suma otro hincha, uno que mete un bocadillo del partido de la Gloria. “Che, hablando de autos. Romero no hace una. Parece una Ferrari, pero con las gomas pinchadas”, bromea. Y el mismo gringo que inició (y terminó) el diálogo retrucaría luego: “Más que una Ferrari, Romero es un Fiat 600 tuneao”.

Dentro de la cancha las cosas empeoran. Rébola le regala el primer gol a los rosarinos y la gente murmura. Lo maltrata con algunos silbidos, pero hasta ahí nomás. Llega el segundo gol de Tiro y el hincha no entiende nada, no sabe cómo reaccionar. Entonces se acuerda del descenso de Talleres y empieza a cantar. A disfrutar de la desgracia ajena, un recurso tan común como mediocre y triste que, paradójicamente, nos hace alegres. Que en Córdoba llevamos como bandera por falta de cosechas propias.

Fitito Romero descuenta con un zapatazo al ángulo y en la platea todos lo miran al gringo. “Para vos, culiao”, le gritan por hacerse el gracioso, mientras él devuelve una sonrisa. Igual no pasa más que eso. No hay lugar para las reacciones heroicas. El partido termina y la derrota casi que no duele. Las radios nos dicen que Aldosivi y Rafaela también perdieron y las ilusiones permanecen intactas. Esos mismos locutores nos cuentan que ya descendió Talleres y el conformismo vuelve a invadirnos. Hasta aplausos reciben los muchachos de Vitrola cuando se retiran.

Y es que, en Alta Córdoba, cayó la ficha. El hincha reconoció que este Instituto no es ni peor, ni mejor que el resto. Es un equipo más. Uno que todavía tiene chances de ascender, en medio de tanta malaria. Uno que duerme demasiado y que está cerca de derrochar el esfuerzo de un año entero en la última fecha, pero que todavía tiene vida matemática en el certamen.

¿Ya te olvidaste de tu ex?

Por elalechavez.

Es como convivir años y años con una persona sin terminar de conocerla. Compartir miles de momentos con ella y no descubrir cómo piensa, qué le molesta, qué cosas le gustan, qué cosas le fastidian o le incomodan. Volver a la casa de esa ex novia que no termina de cerrar sus heridas. Que no se banca que la hayas dejado o cambiado por otra y que está dispuesta a pasarte la factura. A recordarte tus errores de adolescente. A castigarte con tu pasado, esperando que sólo agaches la cabeza.

Eso fue el Instituto de Jorge Ghiso para Atlético de Rafaela. Un agachador de cabezas serial ante la furia de la Crema. Porque Vitrola supo ser el entrenador del equipo santafesino. Porque allí dirigió a Damián Toledo, a Alejandro Faurlin y a Ezequiel Lázaro. Tres jugadores que se llevó a la Gloria, que el domingo fueron titulares y que conocen hasta el más mínimo detalle de la cancha de Atlético. Que aún recuerdan sus pozos o “el arco más grande”. En fin, que no son ajenos a los secretos de su antiguo hogar.

Porque Ghiso se fue mal de Atlético. Porque a Lázaro lo insultaron en todos los idiomas. Porque Faurlin no pudo hacer su juego en ese terreno en el que supo brillar. Porque Toledo no le agarró la mano nunca a la marca. Y, principalmente, porque Instituto no incomodó nunca a su rival. No presentó oposiciones ante ese Rafaela que muchos decían conocer. Por eso, cuando el partido finalizó, a nadie le sorprendió el marcador. La Crema ganó 2-0 un partido clave. Se quedó merecidamente con una verdadera final por la Promoción. Una final que, según la autocrítica de los propios jugadores vestidos de rojo y blanco, no fue encarada como tal por Instituto.

Y, entonces, el circo previo a este choque genera más bronca aún. Esos entrenamientos en los que Vitrola achicaba las dimensiones del Monumental de Alta Córdoba (para asemejarlas a las de Rafaela) generan  el interrogante “¿de qué sirvió?” en las palpitaciones del hincha. Porque la Crema le complicó el partido a Instituto con un recurso mucho más simple: el pelotazo al grandote Visconti. Ese grandote necesario en canchas pequeñas. Ese que te baja con el pecho un despeje de sus propios defensores y lo transforma en situación de gol. Ese que no tuvo la Gloria, que apostó a dos puntas livianitos como Romero y Nadaya. Dos pibes que fueron devorados por el fondo santafesino.

Vitrola no fue el único culpable de la derrota, está claro. El equipo viene jugando feo desde hace rato. Pero el error del DT fue desconocer las virtudes y defectos de su ex equipo. Dejarse prepotear por una hinchada que no le perdona sus campañas de ascensos frustrados. De idas y venidas, de excusas permanentes. Ojalá que Ghiso recupere algo de su autoestima para la recta final del torneo, porque, este domingo, su ex afloró en él la peor cara de su pasado.